Jueves 20 de agosto, Great American Ball Park, Cincinnati. Los Rojos perdieron 10-9 ante los Cardenales de San Luis —sí, se les fue el partido, pero no todo fue un desastre. «Geno» se dio el gusto de dejar su firma en la historia del béisbol venezolano.
Suárez entró de emergente por Ke’Bryan Hayes en el noveno inning, y sin hacerse el arrocero ni andar con rodeos, le cayó al primer envío que le tiró George Soriano: un slider de 89.9 millas por hora que quedó bajito en la zona. El guayanés no perdonó, la mandó al jardín central, empujó a Matt McLain con la del empate parcial y, de paso, se anotó la impulsada número 1.000 de su carrera en Grandes Ligas. Un sencillo con sabor a hito, como quien dice: «tranquilo que yo llego a mi hora».
¿Y esto qué significa?
Que Eugenio ya no es solamente «el tipo que batea bien en Cincinnati». Ahora es apenas el séptimo venezolano en la historia en llegar al millar de remolcadas, uniéndose a una lista donde suenan apellidos de peso: Bobby Abreu (1.363), Magglio Ordóñez (1.236), Miguel Cabrera (1.881), Andrés Galarraga (1.425), Salvador Pérez (1.072, todavía activo) y Víctor Martínez (1.178).
Pero aquí viene lo bueno, lo que le da más caché al asunto: Suárez es apenas el cuarto venezolano en combinar esas 1.000 impulsadas con 300 o más jonrones. Un club exclusivo, de esos que no se entra empujando ni haciendo bochinche, sino a punta de constancia. Ahí está acompañado nada menos que por Miguel Cabrera, Andrés Galarraga y Salvador Pérez. Compañía de lujo, para que se hagan una idea de la liga en la que se metió «Geno».



